martes, julio 25, 2006

Ciencia y cultura: un rompimiento difícil

A partir del Renacimiento, el concepto de cultura que abraza el mundo occidental parecería estar ligado a la literatura, historia y el arte más que al intento de comprensión del mundo característico del renacentista clásico. Este empobrecimiento de la tradición renacentista es parejo en ambos bandos. La ignorancia sobre temas científicos de muchos a los que consideramos “cultos” (incluidos están los hombres de Estado que deberían por lo menos tener una noción elemental de la ciencia y la tecnología) es tan sorprendente como el desconocimiento voluntario de la comunidad científica y técnica en muchos temas de actualidad que consideran demasiado mundanos (política, religión, economía, deportes, etc.). El desprecio mutuo que expresan le hace un servicio flaco a la humanidad pues estimula la inserción de pseudociencias y ciencia basura en la vida cotidiana.

Pero no sólo eso, a pesar de la cantidad de conocimiento que hemos acumulado no parecemos ser más sabios que en el pasado. La sabiduría emana de un sentido aguzado de proporción y comprensión. La ciencia por si misma es amoral, sólo nos proporciona conocimientos acerca del funcionamiento del universo; por el contrario, las aplicaciones de los conocimientos científicos si que tienen connotaciones morales, no es lo mismo utilizar la comprensión del átomo para producir electricidad que para construir bombas atómicas. La promesa de la ciencia no es sólo hacer de nuestro mundo un lugar menos extraño sino también eliminar el prejuicio de la mente humana.

La ciencia nos trajo el DDT para combatir la malaria. El prejuicio y un poco de ciencia basura trajeron su prohibición. Hoy dos millones de personas mueren de malaria al año y la mayoría son niños. El caso del DDT es una muestra de lo insensible que pueden ser los hombres de Estado y las sociedades cuando sus miedos irracionales son exacerbados. Los odios y desprecios nunca son racionales. Uno podría objetar que es correcto odiar a aquellos que hacen daño. Yo no lo creo. Si una persona odia, es probable que se vuelva igualmente dañina; y es muy improbable que pueda ser inducido a abandonar sus métodos maliciosos. El odio al mal es una forma de maldad. El camino, me parece, es el entendimiento, no el desprecio. Esto no quiere decir que no debemos oponer resistencia a la sinrazón de los individuos. Más bien la resistencia debe estar acompañada de una gran dosis de entendimiento y racionalidad, si no, estaremos renunciando a aquello que queremos preservar.

Cuando hay bases racionales para sostener una opinión, el individuo por lo general se contenta con establecerla y esperar que se confirme. En esos casos, no defendemos nuestras opiniones con pasión, sino que calmadamente las expresamos y esperamos argumentos racionales para debatir. Las opiniones que se defienden apasionadamente son siempre aquellas para las cuales no existe una buena base racional: la pasión es la medida de la falta de convicción racional del individuo. Los acontecimientos humanos muchas veces se derivan de la pasión, lo que genera un sistema de mitos recurrentes. Así como el hiperecologismo es una deformación de las creencias judeo-cristianas, hay una gran cantidad de mitos que no están sustentados más que en la creencia irracional de los individuos: que el socialismo es contrario a la naturaleza humana (por lo menos en Melanesia se mostrarían escépticos a tal afirmación), que la poligamia es denigrante, el nacionalismo, el terrorismo, las religiones, etc. Cuando una ilusión es compartida por muchos individuos, los odios que generan pueden rayar en la locura.

Es por eso que el papel de la ciencia es tan vital en el quehacer cotidiano. Es una cuestión de supervivencia. Un poco de crítica y escepticismo a nuestras creencias más arraigadas es más beneficioso que la perseverancia injustificada en afirmaciones claramente falsas. Pero además el pensamiento científico es el método más eficaz de discernir la verdad, muy a pesar de lo que digan los teólogos.

Hay dos maneras de evaluar los logros humanos: por su excelencia o por su eficacia en transformar la vida humana y sus instituciones. La segunda tiene una importancia mucho mayor. Si Homero, Shakespeare, Tomás de Aquino, Bach o Mozart no hubieran existido, la vida de hoy no sería muy diferente. Sin embargo, si Pitágoras, Galileo, Einstein, Newton o Gauss no hubieran nacido, la vida diaria sería profundamente diferente a lo que es.

Sin embargo, la ciencia moderna avanza como un carro con conductor ciego. Sin considerar la excelencia del pensamiento, obra y preocupación por la virtud y relevancia humanas de filósofos, intelectuales, escritores y artistas, los científicos se han entregado a un frenesí tecnológico que muchas veces deriva en verdaderas atrocidades (armas, bombas atómicas, gas sarín, liberación irreflexiva de nuevas tecnologías, programas de eugenesia, etc.).

La separación de ciencia y cultura es un fenómeno moderno. Los antiguos filósofos eran también científicos a su manera. El Renacimiento fue un despertar científico más que de las artes. Leonardo da Vinci dedicó más tiempo a la innovación tecnológica que a la pintura. Y a medida que la ciencia hace el mundo que nos rodea más cómodo y artificial, tendremos que abandonar los romanticismos que nacen de la ignorancia y comenzar a comprender el universo que nos rodea, y procurar utilizar la técnica para elevar a lo tangible esos nobles ideales de los que es capaz la mente humana.

Fernando Velázquez

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